
El campamento romano de Cildá (Corvera de Toranzo / Arenas de Iguña) es sin lugar a dudas un yacimiento único en Cantabria, me atrevería a decir que incluso en toda la Península. Cierto es que no es un campamento "espectacular" en cuanto a edificaciones o estructuras defensivas que llamen la atención del visitante, ni siquiera en cuanto a los materiales hallados en el mismo. Lo que no mucha gente no sabe es que este emplazamiento corresponde al tipo IV que el tratadista latino Pseudo-Hyginio (segunda mitad del siglo II d.C) considera como campamento de montaña o castra in monte, siendo Cildá el primer campamento de este género localizado en el mundo romano. ¿Aún te quedan dudas de su importancia?. Veamos un poco más sobre este enclave.
Su existencia como emplazamiento con importantes estructuras es conocida desde finales del siglo pasado, concretamente desde los años 80. La primera cita de Cildá en una publicación la realizó González de Riancho en el año 1988, aunque atributo el lugar a un posible poblado indígena. Sería el conocido investigador A.Arredondo quien trazase el camino, ya que sería él quien identificase inicialmente las estructuras como un campamento romano, confirmando esta teoría años más adelante Eduardo Peralta Labrador. Este último marcaría un antes y un después en el estudio e investigación de este y otros campamentos romanos como La Espina del Gallego, el Campo de Las Cercas y el Castillejo (Palencia) y su contexto en las Guerras Cántabras.
Antes de entrar en detalle sobre sus características, queremos hacer una pequeña reflexión sobre la conservación del campamento y la problemática que ello conlleva. Los problemas que afectan al campamento de Cildá son casi tan antiguos como el conocimiento que se tiene sobre su importancia arqueológica e histórica. Ya en la década de los 80 se construye en el centro del yacimiento una estación repetidora de radio , destruyendo parcialmente (incluso totalmente) dos estructuras de edificios atribuibles a la fase campamental romana. Poco o nada se hizo para salvaguardar este enclave, incluso tras las advertencias sobre su destrucción. Años después, a principios de la década de los 90, se abre una pista forestal que sube desde Sel de la Carrera y que llega a la cima del enclave, construyéndose además un edificio para albergar instalaciones de Telefónica con grandes antenas incluidas. Estas obras destruyeron también parte de las estructuras de la cima, además de seccionar las defensas del recinto. Por último, no podemos olvidar los restos de la cimentación de una antena medidora de viento, instalada ilegalmente por una empresa promotora de parques eólicos que finalmente tuvo que retirar..aunque el daño ya estaba hecho. Sin palabras..
El campamento de Cildá tiene una extensión aproximada de entre 23 y 25 hectáreas, siendo casi imposible precisar un área concreta por la erosión del sistema defensivo en la ladera norte. Simplemente su gran tamaño nos da una cierta idea de la importancia del mismo en el contexto histórico donde se estableció. Su eje mayor ronda los 765 metros en dirección norte-sur, por 385 del eje este-oeste. Aun así no solo destaca por su extensión, sino también la complejidad estructural en su interior (algo inusual en los campamentos de nuestra región). En su posición central destaca un recinto de forma rectangular con un tamaño de 261 metros de largo por 217 de ancho, cercando un total de 5 hectáreas aproximadamente. En su interior se puede observar la estructura de una muralla en forma de elipse de unos 90 metros de eje, conteniendo esta la planta de un edificio estrecho y alargado de tipo barracón. Este edificio se ha interpretado como el sector principal del campamento, aunque también podría ser parte de una construcción destinada a albergar una última guarnición del campamento. Tiene una longitud de más de 20 metros por unos 8 metros de ancho, perdiéndose bajo estructuras modernas que lo han destruido en parte.
Desde este sector, hacia el sur y al este, se pueden encontrar los restos de un agger y de un foso. Aquí se ha conservado una esquina redondeada tan típica de los recintos campamentales de campaña. En el sector oeste también existen los restos de un agger a base de tierra, acompañándose en todo su trazado por una fossa dúplex de grandes dimensiones. Llama la atención que el vallum de este sector no tiene evidencias de haber sostenido postes (a diferencia de otros recintos como Monte Ornedo por ejemplo). En este mismo sector oeste, a unos 165 metros de distancia del último agger citado, se conserva también una línea defensiva exterior de la cual no se conserva gran parte. El vallum de esta sección estaba levantado con tierra apisonada con una cubierta a base de lajas de piedra, observándose además agujeros de poste con tamaño y forma de los denominados cervoli. Destacan también otro tipo de agujeros de poste cuya disposición sugieren que pudieron sostener la típica torre de vigilancia de madera.
En la ladera este de Cildá se encuentran los sectores “peor conservados”, pero no por ello menos importantes. De hecho se cree que en este sector se encontraba la puerta principal del campamento o porta decumana, delimitada por sendos terraplenes de tierra que van a dar con estrechos pasillos. Ya hacia la zona sur la pendiente va descendiendo hasta llegar a una zona mucho más llana que el resto. Aquí se pueden encontrar dos atrincheramientos y una curiosa zona allanada intencionadamente y que se ha interpretado como un posible ejemplo de las las tormentis tribunalia para catapultas descritas por el Pseudo-Hyginio.
No debemos olvidar ni mucho menos las dos vías que cruzan de norte a sur y de este a oeste el recinto campamental. La primera de ellas ha sido interpretada como "vía praetoria" y mide alrededor de 3,3 metros de ancho. La de menor envergadura, considerada como “vía principalis” tiene losas niveladas de gran tamaño que al parecer servían para facilitar el paso de un lado a otro. Al día de hoy, este es el único ejemplo de red viaria interna de un campamento romano en Cantabria, además de ser uno de los pocos estudiados y documentados en la Península. Resulta sorprendente su construcción, ya que los campamentos “cercanos” como el Campo de Las Cercas o La Espina del Gallego carecen de estas estructuras. Esta circunstancia nos da a entender de la importancia de este enclave, el cual pudo ser el centro neurálgico en la conquista de Regio Cantabrorum.
Como bien comentábamos antes, los hallazgos en el campamento de Cildá no han sido especialmente relevantes. Muchos de los materiales encontrados poseen además un precario estado de conservación, sobre todo debido a la severa climatología (muy húmeda) y la naturaleza del sustrato donde se asentaba el recinto campamental. Muchos de los hallazgos son cuanto menos curiosos, ya que se han llegado a encontrar en prospecciones superficiales. Destacan un posible glande de honda, un zapapico o “dolabra” de legionario o un cuchillo de enmangue en forma de tubo. Dentro del edificio ubicado en la cima, e identificado como un posible barracón, se han encontrado tachuelas (“clavi caligae”), objetos de hierro poco definibles, un madero carbonizado y restos de una vasija de tipo dolium.
Respecto a su cronología, existen varias interpretaciones. Cierto es que se realizó una datación por Carbono 14 de restos de carbón encontrados en el yacimiento, obteniéndose una cronología comprendida entre el siglo I a.C y el I d.C. Esta información, aun siendo veraz, podría ser complementada (incluso modificada) en base a materiales recuperados en la campaña de 2003. Sería más que interesante, por ejemplo, que se hiciese una datación sobre parte del trigo carbonizado encontrado, ya que al ser un vegetal de ciclo corto puede aportar una datación mucho más precisa y concluyente.
En definitiva, Eduardo Peralta Labrador considera que la parte central del campamento pudo albergar como mínimo una legión acompañada de tropas auxiliares. Por su tamaño y emplazamiento, parece que esta fortificación pudo tratarse del centro de operaciones (o castra maioria) del asedio romano en la zona. Tras este desenlace, pudo albergar una pequeña guarnición que controlase la pacificación y romanización del territorio, tal y como se desprende de la pequeña zona central amurallada construida en la cima del recinto.
Todos podemos disfrutar del campamento de Cildá, ya que aún sin ser un yacimiento visitable (refiriéndonos a un arqueo-sitio como tal) podemos recorrerlo a píe. Desde Regio Cantabrorum te pedimos que respetes el yacimiento y su entorno, ya que es deber de todos mantener viva la historia de Cantabria.
Nos encontramos ante un yacimiento cuyo potencial podría hacer tambalear la historia que conocemos de las Guerras Cántabras hasta el día de hoy. Una nueva vertiente de investigación que, independientemente de su gran valor científico, podría acercar el mito del Monte Vindió a una realidad cada vez más palpable. Estamos hablando, como no, del campamento romano de Castro Negro. Un enclave que ha permanecido miles de años "escondido" y que a principios de este año 2017 vio finalmente la luz a nivel nacional (e internacional). Un acuartelamiento a casi 2.000 metros de altitud, donde tal vez cambió la historia de Cantabria y aún no lo sabemos. Solo las investigaciones y el tiempo lo dirán. Tenga o no relación directa con el conocido sitio del Monte Vindió, donde Lucio Anneo Floro relataba en sus textos que los cántabros pensaban que "antes subirían las olas del océano que las armas romanas", no cabe duda de que estamos ante un recinto campamental romano CLAVE para el control del territorio entre Liébana y el Norte de Palencia. No obstante, sus dimensiones, su morfología y su cercanía a otro recinto encontrado en la misma campaña de prospección arqueológica (llamado Monte "Vistrió") dan lugar a dejar volar la imaginación con buena base.
El descubrimiento del mismo lo realizó Jose Angel Hierro Gárate en 2014 gracias a la fotografía satélite y a la documentación de vuelos aéreos existente, presentándose posteriormente en el ciclo "Las Guerras Astur Cántabras" celebrado en Gijón a finales de ese mismo año. Los primeros datos preliminares del mismo aparecerían en la publicación realizada a raíz de dicho encuentro arqueológico y que fue coordinador por Jorge Camino Mayor, Jesús Francisco Torres Martínez y Eduardo Peralta Labrador, siendo este último quien con un equipo multidisciplinar dirigiría las excavaciones arqueológicas desarrolladas entre Agosto y Octubre de 2016. Cabe destacar que no sin antes pasar por un viacrucis burocrático que no les permitía llegar al campamento porque, si bien tenían permiso de la Consejería de Cultura para realiza la investigación, el servicio de Montes no les dejaba acceder en todoterreno. Esto unido a que dicha campaña se financió casi en su totalidad por capital privado (no hubo prácticamente inversión por parte de la administración), hicieron que el proyecto arqueológico "Agger" no comenzase con buen pie este episodio de la historia.
Uno no puede dejar de pensar que, viendo el increíble interés social y científico que este descubrimiento suscita, pueda quedar de lado como ha ocurrido otras ocasiones. Se destinan miles y miles de € para sufragar estudios e investigaciones sobre arte rupestre, pero la historia más accesible y mejor interpretable de nuestra tierra perece en el olvido. Como siempre, parece que en Cantabria es más fácil vivir de hipótesis que invertir en certezas. Esperemos que esta maravilla no sea fruto del olvido que tras décadas han vivido increíbles yacimientos como la Espina del Gallego, Monte Cildá y otros enclaves relacionados con las Guerras Cántabras.
El valle de Toranzo es sinónimo de historia en Cantabria, sin ningún lugar a duda. Tan solo paseando por cualquiera de las dos orillas del río Pas te das cuenta de que estás en un lugar especial. Para quienes nos gusta la historia de las Guerras Cántabras y la romanización del territorio estamos ante uno de los mejores enclaves en los que ver de primera mano los escenarios de aquella fatídica contienda: El oppidum de la Espina del Gallego, el campamento romano de Monte Cildá, Las Matas del Castillo o El Campo de Las Cercas. Y no solo eso, sino que la presencia del conjunto tumular de Quintana de Toranzo, la aparición de la Estela de San Vicente, el hallazgo romano del Balnerario de Alceda y un largo etc de yacimientos nos transportan a una milenaria época donde los cántabros (y los romanos) habitaban este fértil valle.
Pero el enclave que nos ocupa hoy nos recuerda que estos hallazgos no son más que la punta de un Iceberg histórico del que solo conocemos una parte. Una pequeña porción que va siendo descubierta muy poco a poco, como el campamento romano de Pando. Oculto desde hace siglos y que en el año 2012/2013 apareció gracias al auge de las nuevas tecnologías y la, como denominan algunos, "arqueología de sofá". ¿Y esto que es? Sencillo: revisión de todas aquellas imágenes por satélite habidas y por haber (no solo existe el Google Maps) para detectar la presencia de estructuras no conocidas hasta el momento. Lo bueno de estas herramientas, cada día más avanzadas, es que te permiten ver una evolución de imágenes satelitales de los últimos 30 años con una calidad espectacular y acceder a fotografías de vuelos militares de la década de los 50 (por ejemplo).
Pero volviendo al campamento romano de Pando, su puesta en valor arqueológico fue llevada a cabo por el denominado Proyecto Agger (Jose Angél Hierro Garate, Rafael Bolado del Castillo, Enrique Gutiérrez Cuenca y Eduardo Peralta Labrador) quienes no solo sacarían a la luz este espectacular yacimiento, sino otros tantos importantes campamentos o castellum como Castro Negro, Vistrió o La Cabaña (este situado a apenas 1,5 kilómetros y que veremos en otra entrada). Al igual que los anteriores, fue presentado en "sociedad" en el I Encuentro Arqueológico Las Guerras Ástur-Cántabras (Gijón, Octubre de 2014) dentro la ponencia "Avances en la identificación de nuevos escenarios del Bellum Cantabricum". Desgraciadamente, además de la publicación en las actas del encuentro y de otras publicaciones posteriores muy puntuales en medios o en artículos científicos, nada más hemos sabido del campamento romano de Pando.
Lejos quedan ya los años donde la arqueología de las Guerras Cántabras copaba titulares de prensa y donde había cierto interés por parte de las administraciones correspondientes. Para nuestro pesar la arqueología relacionada con este tipo de enclaves, como si de una "vendetta" se tratase, queda relegada a las últimas posiciones si es que ocupa alguna en el muestrario del Gobierno de turno. La desmemoria histórica a la que nos han llevado en los últimos años unos y otros nos obligan a disfrutar tan solo de las espectaculares vistas que hay desde el campamento romano de Pando, desde donde podemos contemplar entre 4 y 5 yacimientos de una contienda histórica que quedará reducida a más escombros si el Gobierno finalmente lleva a cabo el parque eólico en el cordal de la Espina del Gallego. Cantabria Infinita lo llaman..
El castra aestiva de El Alambre (Fuencaliente de Lucio, Burgos) forma parte de la élite campamental romana relacionada con el conflicto bélico de las Guerras Cántabras. No olvidemos que nos encontramos cerca uno de los "puntos calientes" de la contienda, concretamente en las inmediaciones del campamento romano de El Castillejo y el oppidum de Monte Bernorio. Se encuentra ubicado en un cerro situado al Suroeste de la citada localidad, en un paraje denominado "El Alambre", topónimo que le da nombre. Fue descubierto en 2003 por el equipo conformado por Eduardo Peralta Labrador, Federico Fernández y Roberto Ayllón, dentro de su conocida campaña de prospecciones arqueológicas de la zona que saco a la luz varios yacimientos romanos. Cabe destacar que el hallazgo vino dado por una referencia dada Miguel Ángel Fraile López, quien les puso sobre la pista de un posible castro indígena en las inmediaciones del lugar. Con posterioridad, aun teniendo casi la certeza de que nos encontramos ante un campamento romano, Fraile ha preferido interpretarlo como un asentamiento castreño de la Edad del Hierro (Fraile, 2006, 19 y 86).
De lo que no cabe duda es que nos encontramos ante un recinto defensivo de grandes dimensiones, en una cima elevada rodeada por pendientes pronunciadas a modo defensa natural y con varias "fuentes" de agua adyacentes (el arroyo El Alambre por el Este y el río Lucio por el Norte), circunstancias todas idóneas para su construcción. Desgraciadamente, la actividad agrícola en alguno de los sectores y la falta de protección del yacimiento, pueden llevar a pensar que se ha perdido parte de la historia del mismo por el camino. Esperemos que futuras intervenciones arqueológicas nos muestren un poco más de lo que parece un enclave vital para el asedio y control del territorio de los antiguos cántabros.
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