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Fragmento de muralla excavado en la cumbre de la meseta de Peña Amaya.

El dominio romano en Cantabria y en toda la zona occidental Europea siempre fue bastante relativo. Desde las guerras cántabras hasta el comienzo de la decadencia del Imperio se sucedieron altercados y guerras civiles que desequilibraron los pilares de Roma. Allá por el año 395 d.C la falta de poder era evidente y el emperador Teodosio decidió dividir el Imperio entre sus 2 hijos: La parte Occidental (foco de constantes insurgencias de Britania y Las Galias) seria para Honorio, mientras que la Oriental sería para Arcadio. Como no, esta circunstancia también afecto a toda Hispania y sobre todo a Cantabria. Desde ese momento comienza la parte más misteriosa y desconocida de la historia en nuestra tierra, ya que son pocos los documentos o referencias que nos nombran. Si bien se sabe que los cántabros recuperaron su identidad y volvieron a sus costumbres ancestrales, poco se conoce de la manera en que los romanos fueron totalmente expulsados. Los castros que en el pasado habían sido destruidos fueron repoblados, los núcleos romanos fueron, o bien abandonados o bien destruidos por los bárbaros llegados del norte (de los que luego hablaremos). Aún así, Roma dejo una profunda huella en Cantabria: el lenguaje, la religión, dioses, economía..Muchos de estos aspectos permanecieron perpetuamente en la zona norte de la Península. Un ejemplo de esta mezcla de costumbres o religiones se encontró en el cerca de Torrelavega. Se trata del ara del Pico Dobra dedicada al dios cántabro Erudino (399 d.C). Es curioso pero después de 4 siglos de dominio romano se sigue venerando a dioses de antaño, pero utilizando el latín. La última referencia de peso de la presencia romana en Cantabria se sitúa en la cuidad de Juliobriga (como no). Se sabe que por aquel entonces el Imperio, en uno lucha por permanecer en Hispania, envió 500 soldados para prevenir una posible invasión de los bárbaros germánicos. No se sabe si esa legión logro su objetivo o no en aquel determinado momento, pero lo que si conocemos es que hasta principios del siglo V parte de ese destacamento permaneció allí. En ese mismo siglo la ciudad de Iuliobriga, símbolo de grandeza y ostentosidad en Cantabria, fue abandonada, no se sabe bien si por invasiones, plagas o incendios…o todo ello a la vez.

Comienza aquí una nueva etapa en la historia de Regio Cantabrorum. Anteriormente hemos mencionados a los germanos como amenaza del Imperio. Estos bravos guerreros enseguida se vieron atraídos por las riquezas de Roma, y no dudaron ni un instante en querer hacerse con ellas. No tenían por costumbre preguntar o llegar a acuerdos pacíficos como los visigodos, los germanos no. Simplemente arrollaban, destruían y conquistaban de una manera fiera. En el año 409 d.C los germanos entran en Hispania sin encontrar resistencia al ataque tan feroz que llevaron a cabo. Ni siquiera los guerreros cántabros pudieron con ellos, nada ni nadie podía hacerles frente. Destruyeron/asaltaron Iuliobriga y no contentos con batir a su enemigo más encarnizado se cebaron con el castro del Monte Cildá, poco después de que se reconstruyese con fuertes murallas. El emperador Aureliano también quiso proteger otra de sus joyas en el norte de Hispania: Portus Victoriae.

 

Monedas visigodas similares a las encontradas en el desfiladero de la Hermida (hoy en paradero desconocido) Poco más se sabe de esta época en Cantabria: de nuevo destrucción, afrentas y descontrol. Tan solo es mencionable la llegada de unos 400 piratas Hérulos que asaltaron la costa cantábrica allá por el año 456 d.C. Por otro lado se encontraban los visigodos. Estos llegaron a un acuerdo con Roma para poblar diferentes enclaves en Francia y España. En el siglo VI los francos expulsan rotundamente a los visigodos de Francia, luego todos sus esfuerzos se centraron por aquel entonces en dominar la Península. Para comenzar establecieron su capital en Toledo. La verdad es que en el siglo VI, después del paso de los germanos, los cántabros vivían independientes, volviendo a adoptar sus lenguajes y costumbres prerromanos. Eso si, sin perder su identidad y sus ganas de luchar. Los dioses romanos eran ya cosas del pasado y de nuevo los dioses paganos eran el centro de sus plegarias. Por desgracia poco duro esta "tranquilidad" ya que en a mediados del siglo VI Leovigildo se propuso someter a todos los pueblos que no estuviesen bajo el yugo visigodo. Penetró en Cantabria y conquisto el conocidísimo castro de Peña Amaya en el año 574. Por desgracia para los visigodos, los cántabros opusieron de nuevo una increíble resistencia que ni siquiera Leovigildo pudo reprimir en el mismo en vida. Al no tener muchos más datos sobre los visigodos en la antigua Cantabria, podemos llegar a una conclusión bastante superficial pero no por ello incorrecta. Se cree que no pudieron penetrar al interior del territorio cantabro y que su afán de unificar los pueblos guerreros del norte se quedo a los pies de la cordillera. En la zona Sur de la antigua "Cantabria" existen gran cantidad de necrópolis visigodas: Herrera de Pisuerga, Reinosa, Retortillo,etc, además de el hallazgo de varios objetos en la zona de Mave (cerca del Monte Cildá) y en Campoo de Suso (Suano). Últimamente se han revocado algunas de estas teorías, ya que en Mortera (Monte Picota) se han encontrado materiales y una necrópolis de gran valor histórico y que nos permitirá estudiar más a fondo la presencia visigoda en la zona costera. Las batallas contra los pueblos del norte fueron el gran quebradero de cabeza de los diferentes reyes visigodos. Entre tanto apareció, durante el reinado de Ervigio (visigodo 680-687 d.C), lo que se conoce como "Ducado de Cantabria". Es consecuencia de un tratado de paz en toda la zona norte, de manera que se obtenía cierta autonomía sobre el resto de Hispania y se mantenía la unión territorial. Lo más curioso de todo es que la primera aparición documental del ducado aparece en el año 883 d.C, más concretamente dentro de la Crónica Albadiense. Alfonso I de Asturias (739-757 d.C) aparece diciendo:" ste Petri Cantabriae ducis filius fuit", es decir, "junto a la figura se cita el título de Duque de Cantabria". Existen aún hoy diversas teorías sobre la aparición de este territorio: Unos lo achacan a un foco montañés, otros a un foco riojano. De igual manera existe desacuerdo en la localización exacta. Autores como Joaquín Glez. Echegaray sitúan el núcleo de creación del Ducado en nuestra region, mientras que otros se inclinan en situar el epicentro en La Rioja. Se han obtenido muchos más datos sobre la teoría de que, tras su derrota en la guerras cántabras (29-19 d.C)., los cántabros fueron progresivamente sedentarizándose, adquiriendo cada vez mayor importancia la agricultura.

Marfiles de San Millan - Monasterio de Yuso (La Rioja) Eso originó un incremento demográfico en el área de la cordillera que provocó un gran movimiento migratorio de los cántabros hacia la Meseta. Las lápidas Vadinienses testimonian el lento pero progresivo desplazamiento de los habitantes de los Picos de Europa hacia la zona de Cistierna (León). Los desplazamientos más importantes tuvieron lugar en dirección sureste: En el siglo II aparece la primera mención a la fortaleza cántabra de la Peña de Amaya, que siguió poblada hasta la época de la conquista musulmana. Unos siglos después, en tiempos de los visigodos, se cita con profusión en las crónicas la provincia de Cantabria, que se extendía por tierras de la Rioja. Dos eran las poblaciones principales de la provincia: La Peña de Amaya y la Ciudad de Cantabria, situada cerca de la actual Logroño. Ambas ciudades fueron destruidas en el año 574 por el rey visigodo Leovigildo. San Braulio, obispo de Zaragoza (631-651), relata en su conocida obra sobre la vida de San Millán la predicación de este santo en la segunda de estas dos ciudades. Se presentó ante el Senado cántabro, donde realizó una exhortación a sus habitantes para que se convirtieran. Puesto que los habitantes de Cantabria hicieron caso omiso de los consejos de San Millán, al año siguiente fue destruida por las tropas de Leovigildo: El mismo año, en los días de Cuaresma, le fue revelada también la destrucción de Cantabria; por lo cual, enviando un mensajero, manda que el Senado se reúna para el día de Pascua. Reuniéndose todos en el día marcado; cuenta él lo que había visto, y les reprende sus crímenes, homicidios, hurtos, incestos, violencias y demás vicios, y predícales que hagan penitencia. Todos le escuchan respetuosamente, pues todos le veneraban como a discípulo de nuestro Señor Jesucristo; pero uno, llamado Abundancio, dijo que el Santo chocheaba por su ancianidad: mas él le avisó que por sí mismo experimentaría la verdad de su anuncio, y el suceso lo confirmó después, porque murió al filo de la vengadora espada de Leovigildo. El cual, entrando allí por dolo y perjurio, se cebó también en la sangre de los demás, por no haberse arrepentido de sus perversas obras; pues sobre todos pendía igualmente la ira de Dios. -Vita Sancti Aemiliani, XXVI. San Braulio. La ciudad de Cantabria no volvió a ser reconstruida aunque todavía circulan por La Rioja y Navarra tradiciones e historias relativas a su destrucción: La arqueta de marfil del Monasterio de Yuso contiene imágenes relativas a la predicación de San Millán en la ciudad, y el poeta castellano Gonzalo de Berceo informó de dichos hechos en su biografía en verso de San Millán. Se dice incluso que los primeros habitantes de Logroño fueron los supervivientes de la toma de la ciudad a los que Leovigildo permitió asentarse en la zona. En ducado y la zona norte nunca dejaron de ser un problema para todos los reyes visigodos, ya que por mucho empeño que ponían en dominar esta zona, siempre existía algún enfrentamiento que echaba todo por tierra. De hecho el rey visigodo Rodrigo se encontraba luchando con los vascones cuando se produjo la invasión musulmana (711 d.C). Aún así, Pedro (segundo duque o "dux") fue una pieza fundamental en la reconquista. En esta época la penetración del cristianismo en Cantabria ya era un hecho evidente, y fruto de ello nacieron monasterios como el de San Martín de Turieno en Liébana.