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Acceso a la cueva de Las Penas. Fotografía: Alis Serna Gancedo - Mª Ángeles Valle

La cueva de las Penas (Piélagos, Cantabria) es uno de los tesoros arqueológicos de Cantabria, clave para el conocimiento y la interpretación de uno de los periodos más oscuros de nuestra historia. Conocida anteriormente como la cueva de Los Perros, se encuentra ubicada a menos de un kilómetro del núcleo urbano de Mortera. Nos encontramos ante una cavidad que no destaca por su gran boca, de hecho su acceso actual se realiza a través de un pequeño hueco de unos 60 centímetros de alto por 1 metro de ancho. De todos modos, se cree que en el pasado pudo tener unos 3 metros de ancho, quedando cegada parcialmente por pequeños derrumbes hasta llegar a nuestros días. Posee unos 210 metros de desarrollo, de los cuales destaca una galería principal y un conjunto de otras más pequeñas que adquieren un carácter casi laberíntico. Para llegar a este punto hemos tenido que descender unos 15 metros desde la boca por una galería descendente y de estrechas dimensiones, encontrándonos finalmente con un piso inferior que tiene otra boca mucho más pequeña que la exterior, no apta para claustrofóbicos. Sería cerca de este punto donde los investigadores hallaron los restos de un pequeño muro de mampostería que impedía el paso al interior, como si sus constructores no quisiesen que nadie entrase, o más bien saliese, desde este punto hacia afuera. Veremos por qué más adelante, centrémonos ahora en el yacimiento en sí.

Fue descubierto en el año 2003 por miembros del GEIS-Carballo Raba, aunque su verdadero potencial arqueológico fue sacado a la luz por la Asociación Mortera Verde, principal valedora a la hora de realizar una excavación en sus entrañas. Fruto de este tesón se llevaría a cabo una intervención arqueológica dirigida por Ángeles Valle Gómez en dos años consecutivos (2004 y 2005). Fruto de esas actuaciones aparecieron una serie de restos tanto humanos como materiales sin precedentes en Cantabria, siendo su valor cualitativo como cuantitativo un claro exponente arqueológico no solo a nivel regional, sino nacional. Los restos humanos se localizaban exclusivamente en la zona interior de la cueva llamando poderosamente la atención que estuviesen colocados directamente sobre el frío ;suelo, sin presencia de fosa o zanja alguna y tras el citado muro que los "encerraba" en uno de los recodos de Las Penas. Es más que probable que la acción del agua, incluso de algunos animales, desplazase parte de cuerpos, ya que tan solo se localizaron las extremidades inferiores de uno de los individuos en conexión anatómica. Tras las diferentes intervenciones, y fruto de un complejo y elaborado mapa de dispersión, se pudo comprobar que todos los cuerpos se depositaron en un espacio relativamente pequeño en vez de repartidos por la cavidad. Los otros exponentes arqueológicos de la cueva de Las Penas son los objetos de adorno personal, concretamente el juego de 5 broches visigodos que albergaba. Hablamos, sin lugar a dudas, de uno de los aportes más significativos de este yacimiento al conocimiento de objetos relacionados con la indumentaria visigoda, concretamente de las guarniciones de cinturón. Ni mucho menos son los únicos elementos de atuendo personal, vestimenta o uso cotidiano que fueron encontrados en la cueva, son el colofón a un increíble y prolífero yacimiento que explicaremos con más detalle: restos de cuatro anillos, dos pendientes, un pequeño hacha, semillas de trigo, hojas de cuchillo, una cuenta de collar y un largo etc que nos transporta a finales del siglo VII-VIII d.C, en pleno apogeo hispano-visigodo.

Nos encontramos, junto con el yacimiento de Riocueva (Entrambasaguas), ante uno de los mejores exponentes de enterramiento visigodo en cuevas, ya no solo en Cantabria sino en toda la Península Ibérica. En ambos yacimientos, y gracias al trabajo (en muchas ocasiones altruista) de nuestros investigadores y arqueólogos, se abrió un abanico de conocimiento sin precedentes en nuestra región. Hemos pasado de tener todas las piezas del puzzle desordenadas encima de la mesa a tener una construcción casi perfecta del porqué de este tipo de enterramientos. La muerte en extrañas circunstancias, el miedo a que las almas atormentadas volviesen a trastornar a los vivos, los "revenant" y los rituales que les rodeaban están muy lejos de afirmaciones ficticias: Son toda una realidad que debe ser tratada con la toda seriedad posible. Y si así no fuese, se debe de respetar y admirar por su tesón el trabajo de los investigadores y arqueólogos que divulgan y estudian con toda su pasión este fenómeno. La mayor o menor fortuna en la elección del medio donde exponerlo es algo con lo que debemos de contar para lo bueno y lo malo, buscando tal vez (aunque muchos no lo sepan) un apoyo con el que no se cuenta hoy en día en las instituciones. Quien se dedica a criticar gratuitamente por ello, y sobre todo quien no se haya equivocado nunca, que se meta en las cuevas y desvele sus secretos..el resto está de más.

Bibliografía: La utilización sepulcral de las cuevas en época Visigoda: los casos de Las Penas, La Garma y el Portillo del Arenal (Cantabria) - Jose Angel Hierro Gárate (MUNIBE Antropologia-Arkeologia)

Agradecimientos: Alis Serna Gancedo / Mº Ángeles Valle

 

Broches de la cueva de Las Penas expuestos en el MUPAC

Como bien hemos apuntado anteriormente, la cueva de Las Penas es prolífera en materiales relacionados con la vida cotidiana de época visigoda, destacando las cinco guarniciones de cinturón completas además de parte de otra. Por la tipología de todas ellas, liriforme con hebillas en forma de “D”, se datan entre finales del siglo VII d.C. y principios del VIII d.C. A partir de este momento, en base a la numeración de la imagen adjunta, veremos varias de las peculiaridades de cada uno de ellos haciendo hincapié en varios aspectos que aún en nuestros días los hacen únicos en la arqueología de norte peninsular.

La hebilla de todos ellos y la placa de los broches 2, 3, 4 y 5 está realizada en bronce, mientras que la placa del 1 esta compuesta de hierro con decoración damasquinada en latón de gran calidad y detalles en hilos de plata. Inicialmente se interpretó erróneamente que la decoración de este último era de oro, circunstancia que aún sin ser así no le resta ni mucho menos peso a la pieza, de excepcional valor arqueológico. Como podemos apreciar en la imagen, tan solo los broches 1 y 3 conservan los hebijones (lo que se introducía por el agujero del cinturón, como toda la vida), estando también la hebilla de los mismos decorada. Para los broches 2 y 3 existen paralelos en la península, destacando del último la interesante decoración esquemática del mitológico grifo (animal mitad león, mitad águila) dispuesta longitudinalmente y simétricamente. En cambio, la decoración del broche 5 no tiene paralelos conocidos ni para su tipología ni para su registro decorativo. Como podemos apreciar, a groso modo, está dividido en diez secciones en cada una de las cuales se incluye una rosácea esquematizada.

Una pieza única

Detalle de uno de los broches de la cueva de Las Penas

Por la excepcionalidad de la misma, entraremos más en detalle. Su decoración se puede dividir claramente en dos partes, ambas inspiradas en motivos cristianos. De izquierda a derecha, nos encontramos en primer lugar con la hebilla, que llama ya la atención por el material en la que está realizada. Toda la “base” de este broche está realizada en hierro, excepto este componente hecho en bronce. Esta peculiaridad nos da a entender que posiblemente, en un momento no conocido, perdió su hebilla original y fue sustituida por un juego nuevo realizado en piezas de este material. En otros paralelos hispano-visigodos ya se conoce esta circunstancia, siendo la reparación de partes de broche algo común.

En la parte central nos encontramos con una representación animal de lo que parece ser un carnero enfrentado a un motivo arboriforme. Esta decoración ha sido relacionada bien con el episodio del sacrificio de Isaac (Hierro et alii, 2006: 179) o bien con agnus dei (Dohijo, 2007: 147), ambas relacionadas con motivos cristianos. Una de las características que hace único a este broche es la orientación del motivo central. Lo habitual en este tipo de piezas es que el animal mire en la dirección contraria, conociéndose tan solo una placa de cinturón (un broche bizantino del Sur de Italia) en todo el mundo con esta disposición.

Por último, en el extremo distal, nos encontramos con una cruz potenzada dentro de un campo circular. Destacar que las cruces inscritas en círculos son típicas de la decoración hispano-visigoda, existiendo paralelos en placas de cinturón dentro de la arqueología peninsular como los ejemplares 100 y 101 de la colección de la Bética (Ripoll, 1998: 155, 332-334) o el paralelo más próximo de una placa procedente de Monte Cildá en manos de un particular (Ruiz Gutiérrez, 1993: 274 y lám. 18).

Fusayola de hueso entre los restos humanos de Las Penas. Fotografía: Alis Serna Gancedo - Mª Ángeles Valle

Uno de los aspectos que concede a la cueva de Las Penas la categoría de yacimiento único es la cantidad de materiales atípicos en ajuares funerarios que se ha encontrado. Como veremos inicialmente, pendientes, anillos y otros elementos relacionados con la indumentaria son mucho más comunes..por el contrario, armas y/o instrumentos de uso cotidiano son menos frecuentes.

Dentro del apartado de "comunes" podemos incluir el hallazgo de dos pendientes, una cuenta de collar y restos de cuatro anillos. Respecto a los primeros, destacar que uno está formado por un hilo de plata enrollado que abraza una pequeña cuenta de vidrio. Existen paralelos claros de esta pieza en un ejemplar de la necrópolis alcalaína del Camino de los Afligidos. El segundo de los pendientes es de tipo amorcillado y está realizado en bronce, siendo más difícil encontrar un paralelo peninsular en el arco cronológico visigodo por tener una tipología relacionada con el mundo romano. De todos modos, se conocen piezas similares en el sur de la Galia, datadas a comienzos del siglo VI d.C. Otro de los materiales más comunes es la cuenta de collar, eso si de un modo diferente por encontrarse de un modo aislado. Sobre todo porque lo común en los contextos sepulcrales de época visigoda es que aparezcan formando parte de collares completos o semicompletos, es decir con un número elevado de cuentas. Destacar que es de tipo gallonado y está fabricada en pasta vítrea de color azul cobalto. Por otro lado, el hallazgo de los anillos, si responde al "estándar" en el mundo tardoantiguo peninsular. Se encontraron uno de hierro y tres de bronce, existiendo dudas sobre uno de estos últimos y una posible inscripción en el mismo. Desgraciadamente el estado de conservación no permite hacer un estudio más detallado sobre esta afirmación.

Para comenzar con los hallazgos "atípicos" o descontextualizados en los enterramientos visigodos, comenzaremos con la presencia de una pequeña hacha de hierro. Se trata de una pieza sobre la que se ha propuesto un uso estrictamente bélico, aunque no se puede descartar por la polivalencia de este tipo de objetos cualquier otro uso. Completando el conjunto de armas nos encontramos con una hoja de cuchillo de hierro, un regatón (posiblemente de lanza del mismo material) y algunos posibles fragmentos de cuchillo que completarían este extraño "ajuar". Por otro lado, se hallaron también instrumentos relacionados con el trabajo textil: dos fusayolas, un gran fragmento de cerámica y otro de piedra (posiblemente utilizados a modo de contrapeso) y varios objetos de hueso semiesféricos con una perforación central considerados en un primer momento como botones pero que posteriormente serian identificados como fusayolas, sobre las cuales se encontraron tambien unos ganchos de hierro pertenecientes a un huso.

Junto a todos estos objetos se localizaron restos de al menos tres recipientes cerámicos, posiblemente ollas, con "perfil en S" y de tosca factura. Estos materiales son bastante comunes en este tipo de enterramientos en cuevas, encontrando paralelos cercanos en cuevas como la del Portillo del Arenal (Valle et alii, 1998).

Restos humanos en la cueva de Las Penas. Fotografía: Alis Serna Gancedo - Mª Ángeles Valle

Otro de los aspectos que dan un increíble valor arqueológico a la cueva de Las Penas son sus restos humanos. Los estudios antropológicos realizados hace ya unos años por miembros del equipo, encabezados por la médico forense y antropóloga Silvia Carnicero , han sido claves para conocer el tipo de población ante la que se encontraban los investigadores y poder así trazar una línea de interpretación. Su trabajo ha sido fundamental para apoyar las hipótesis, cada vez más cerca de ser una rotunda afirmación, de yacimientos tan importantes como este y como el de Riocueva (Entrambasaguas, Cantabria), iconos a nivel nacional en cuanto a enterramientos visigodos en cuevas. Los trabajos en 2006 determinaron que el número de individuos depositados en la cueva eran 13, siendo casi todos de perfil juvenil: 5 son infantiles, destacando un feto de 30 semanas de gestación, 7 subadultos menores de 25 años y un único individuo que ofrece dudas en cuanto a su edad (25-35 años). Respecto al sexo de los mismos, solo se ha determinado el sexo de los subadultos, de los cuales se sabe que hay 3 mujeres y 4 varones. Se ha podido constatar, gracias al análisis paleopatológico, que no existan evidencias graves o lesiones traumáticas que hubiesen podido causar el fallecimiento.

En las inmediaciones de los cuerpos aparecieron lo que inicialmente se interpretó como una ofrenda funeraria en forma de alimentos..nada más alejado de la realidad. Gracias al enorme trabajo de los componentes del Proyecto Mauranus, encabezados por José Ángel Hierro Gárate y Enrique Gutiérrez Cuenca (acompañados por un elenco de increíbles profesionales), la interpretación de este hallazgo dio un giro de 180º para encauzarnos en un camino mucho más tenebroso, siniestro y que abría una nueva vía de investigación en el contexto funerario de las cuevas. El trigo quemado (como se aprecia en la imagen) en la cueva de Las Penas es parte, posiblemente, de un rito pagano relativo a la quema de semillas de cereal con el fin de asegurar el bienestar de los vivos. Existe una referencia escrita sobre esta costumbre, prohibida por la Iglesia desde la Edad Media, extraída del Penitencial de Silos (siglo X d.C.):

"Mulier si grana arserit ubi mortuus est homo pro sanitate viventium I annum poeniteat" ("Si una mujer quemase granos donde hay un hombre muerto para [garantizar] la salud de los vivos, cumplirá un año de penitencia").

Semillas de cereal quemado en el suelo de Las Penas. Fotografía: Alis Serna Gancedo - Mª Ángeles Valle

Esto, unido a la quema, separación y destrozo de las cabezas ya esqueletizadas de TODOS los individuos de la cueva de Las Penas lleva a pensar que en aquella época existía un miedo desmedido a los "revenants". Se tiene constancia de que hace más de 1.300 años los enterramientos ya se realizaban en cementerios "tradicionales", veasé por ejemplo la necrópolis de Santa Maria de Hito, quedando los abrigos y cuevas reservados para todos aquellos muertos en extrañas circunstancias. De este modo quedarían aislados del resto de la población, sobre todo por la costumbre o creencia que les llevaba a pensar que los difuntos que hubiesen tenido una mala muerte retornarían a perturbar a los vivos. Es por esto por lo que se podía llegar a pensar que si les destrozaban la cabeza y aislaban (recordemos ahora el muro de mampostería de la entrada a la sala citado al principio) jamás podrían volver.

La quema de cereal, en este caso trigo como se puede apreciar en la imagen, seria además el modo pagano de seguir "atando" al cadáver dentro de las frías galerías de las cuevas.

VISITAS

La cueva de Las Penas no es un yacimiento visitable. Para más información al respecto póngase en contacto con la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte.

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Imagenes

DESTACADOS

  • LA PUNTA DEL CASTIELLO DE PODES

    Como todos sabemos, una de las grandes maravillas de la costa cantábrica reside en su quebrado litoral: Grandes plataformas, increíbles espigones y abruptos acantilados modelados por la fuerza del mar. A diferencia de lo que se pueda pensar, muchos de estos enclaves costeros eran el lugar idóneo para el hábitat, ya el bravío Cantábrico ha sido, es y será fuente inagotable de alimento. Esto, unido a las defensas naturales que muchas de las citadas plataformas proporcionaban, convirtieron a la costa de Asturias y Cantabria en un floreciente espacio de hábitat entre Prehistoria y la Edad del Hierro. En nuestra región, tenemos claros ejemplos de castros o poblados costeros en el Castillo de Prellezo (Val de San Vicente), en el malogrado recinto defensivo de Cotolino-Arcisero o en el parking de playa / yacimiento de Punta Pilota, ambos en el municipio de Castro Urdiales.

    En el caso concreto de Asturias, la monumentalidad de este tipo de enclaves siempre ha sido mayor que la de Cantabria, observándose aún en nuestros días los restos estructurales en la mayor parte de ellos. Pero en el caso que nos ocupa, acudimos atónitos a uno de los grandes problemas de conservación de este tipo de yacimientos: Los procesos de erosión natural. Esto unido a la desidia institucional, nos lleva a un escenario de destrucción y perdida con demasiados precedentes en cualquiera de las citadas regiones. En Cantabria por ejemplo tenemos claros ejemplos de este tipo de procesos erosivos: Uno de los mayores y más importantes yacimientos del Paleolítico Superior en la cornisa Cantábrica, la cueva de Covalejos, sufre procesos de escorrentía natural incrementados por el desplazamiento de tierras (y materiales prehistóricos) que las cabras que la habitan precipitan hacia un sumidero de kilómetros de profundidad. Más hacia la costa, concretamente en la zona de Rostrio – Santander - nos encontramos nuevamente con la exposición de materiales e industria lítica (en cantidades ingentes) ante la fuerza de las mareas y el mar Cantábrico, que arrastran hacia sus profundidades todo lo que encuentra a su paso.

    Esta introducción sobre los procesos de erosión natural, inevitables todo sea dicho, nos ayuda a comprender el grave problema en uno de los castros costeros más maravillosos de nuestro litoral: La Punta del Castiello de Podes (Gozón, Asturias). Este enclave, conocido en los últimos meses por los tira y afloja con la administración, no se libra desgraciadamente de la irrecuperable perdida de materiales arqueológicos en el fondo del mar. Lo más preocupante de todo es que, independientemente de la gravedad del problema, las instituciones hacen oídos sordos a los diferentes llamamientos al respecto. En Septiembre de 2015, el arqueólogo Alfonso Fanjul presentó ante la Consejería de Cultura del Principado un proyecto de prospección del castro cuyo objetivo era evaluar los restos existentes antes de que la erosión del mar pudiera arrastrarlos sin vuelta atrás. En este mismo yacimiento, los precedentes no eran halagüeños, ya que elementos de gran interés arqueológico como un conchero de la Edad del Hierro (con restos cerámicos) habían desaparecido por la fuerza del Cantábrico. Resultado del expediente: Denegado. Fue rechazado argumentado "otras prioridades en la protección del yacimiento" o que "no existía tal emergencia". Una auténtica pena atendiendo a los resultados que podrían obtenerse en un enclave de tal potencial arqueológico.

    Bibliografía: ALVAREZ PEÑA, A. (2002): "El castru de `La Punta ´ L Castiello´, Podes (Gozón)”. Asturies, 13, Oviedo: 20-25.
    CAMINO MAYOR, J. (1995): "Los castros marítimos en Asturias."
    FANJUL PERAZA, A. (2005): "Los castros de Asturias. Una revisión territorial y funcional." Oviedo.
    Agradecimientos: Alfonso Fanjul Peraza.

  • PEÑA AMAYA

    Amaya es uno de los baluartes de la antigua Cantabria, elevándose esplendorosa sobre la llanura burgalesa. Esta enorme atalaya (1377 metros de altitud) ha sido habitada desde la Prehistoria, alcanzando gran auge en cuanto a presencia humana se refiere a finales del siglo X a.C. Es a partir de este punto donde Amaya comienza a tener una importancia destacable, convirtiéndose en uno de los principales castros cántabros en la Edad del Hierro. La raíz del topónimo "Amaya" quiere decir "am(ma)" o "madre", implicando que su nombre Amaya o Amaia es referido a "ciudad madre", implicando que su nombre Amaya o Amaia es referido a “ciudad madre” o como se denominaría más adelante "capital". No se sabe a ciencia cierta si Amaya fue en esencia capital de los cántabros prerromanos, ya que ninguna fuente clásica así lo recoge. Además no se han obtenido evidencias arqueológicas que así lo reflejasen, teniendo mucho más peso (por ejemplo) los hallazgos de Celada Marlantes, La Ulaña o Monte Bernorio. La misma idea de "capitalidad" no parece muy acertada para unas gentes organizadas en clanes, habitantes de poblados elevados sobre montes interconectados visualmente. De todos modos apoyados en la toponimia y ese aire místico y legendario, muchos creen que si fue la antigua capital de los cántabros.

    Este bastión estratégico que domina el acceso de la meseta a territorio cántabro fue conquistado por los romanos en el transcurso de las guerras cántabras (29-19 a.C.) quienes fundaron entonces la cuidad de Amaya Patricia. La cita más antigua de Amaya la encontramos en el Itinerario de Barro, serie de cuatro placas/tablillas con las vias romanas del noroeste peninsular que data del siglo III d.C.. En la placa número I del citado Itinerario se señala el recorrido de la Vía Legione VII Gemina ad Portum Blendium que, partiendo de Legio VII Gemina (León), tiene su final en Portus Blendium (Suances):

    [VIA] L(EGIONE) VII GEMINA AD PORTVM

    BLE(N)DIVM

    RHAMA VII MIL(L)IAS

    AMAIA XVIII

    VILLEGIA V

    LEGIO I[III] V

    O[C]TA[V]IOLCA V

    IVLIOBRIGA X

    ARACILLVM V

    PORTVS BLEN[DIVM]

    [C(aius) LEP(idus) M(arci filius)] II. VIR

    Otro de los datos que nos indican su importancia estratégica y militar es que el mismísimo Cesar Augusto tuvo instalado un campamento en las proximidades de Amaya. Poco más se supo en los III siglos posteriores hasta la llegada de los visigodos. Es a partir de aquí donde su nombre vuelve a sonar con fuerza. De todos modos ahora nos ocupa hablar de sus orígenes y su desarrollo en la época romana, habrá tiempo más delante de centrarnos en Amaya y su esplendor en la época visigodaducado de Cantabria.


  • EL CERRO CASTARREÑO

    Es imposible pasar por la autovía A-231 entre León y Burgos y no fijarse en el imponente cerro ubicado al lado de la conocida localidad de Sasamón. Allí, repleto de terrazas agrícolas y quien sabe si de otra índole, el cerro Castarreño fue testigo directo del rodillo militar que se dirigía hacia la Cantabria antigua para así escribir uno de los capítulos más importantes de nuestra historia. Y no como "actor secundario" dado que se comienzan a instaurar cada vez con más fuerza los argumentos (y sobre todo los hallazgos) necesarios para establecer aquí el antiguo oppidum túrmogo de Sesigama e igual de importante: Se estrecha el círculo a sus pies para delimitar de una vez por todas el campamento romano donde se instaló el emperador Augusto en su guerra contra los cántabros en el año 26-25 a.C., tal y como queda reflejado en las fuentes clásicas de Floro y Orosio.

    Ya desde el siglo XIX, diferentes autores han estudiado en mayor y menor medida (y con mayor y menor acierto) la posible ubicación de la Sesigama prerromana. En 1832 Juan Agustín Ceán Bermúdez la incluye en su "Sumario de Antigüedades", ubicándola en el extrarradio de la actual Sasamón y confundiendo por aquel entonces los hallazgos y restos de la Sesigamo romana con la citada ciudad prerromana. Ya en el siglo XX, Adolf Schulten comete el mismo error ubicando Sesigama bajo la actual Sasamón. Durante la década los años 70 y 80, diferentes arqueólogos e investigadores como Juan Antonio Abásolo o Ignacio Ruiz Vélez ya van "alejando" el poblamiento prerromano de Sesigama de la actual localidad de Sasamón, acertando de pleno en la contextualización de diferentes enclaves de la Edad del Hierro en la zona y acercándose al cerro Castarreño. Antes del actual estudio (del que luego hablaremos), el año 1998, David Sacristán de la Lama incluye "El Alto de Solarea" (nombre con el que también es conocido el cerro) como enclave de la II Edad del Hierro en el Primer Congreso de Arqueología Burgalesa.

    No cabe duda de que el cerro Castarreño esconde un potencial arqueológico enorme que durante estos años está saliendo muy poco a poco a la luz. Si subes a lo alto del mismo te darás cuenta enseguida que es el lugar idóneo para controlar el territorio y un sitio excepcional para albergar un gran oppidum dada su cima amesetada de gran extensión. Un enclave que vivió de primera mano como la columna militar romana avanzaba a sus pies hacia la conquista del territorio de los antiguos cántabros.

    Bibliografía: "EL OPPIDUM DEL CERRO DE CASTARREÑO, OLMILLOS DE SASAMÓN. HISTORIOGRAFÍA Y ARQUEOLOGÍA DE UN HÁBITAT FORTIFICADO DE LA SEGUNDA EDAD DEL HIERRO". Jesús García Sánchez / José M. Costa-García

  • CASTRO DE RETORIN

    El castro de Retorín (Seña-Tarrueza, Cantabria) es otro gran candidato a ser estudiado en el futuro, ya que en nuestros días y al igual que yacimientos como el castro de El Cincho, se encuentra entre un frondoso encinar cantábrico que hace impracticable actividad alguna. La gran diferencia respecto al castro citado es que Retorín, aún sin ser un enclave donde se haya practicado intervención arqueológica alguna, ha sido prolífero en cuanto a materiales hallados en superficie. Y todo partiendo de la base de que, en efecto, si se ha realizado algún tipo de "excavación" para sacarlos a la luz, pero por unos arqueólogos algo diferentes: Los topos. Y no, no estoy bromeando, ya que aun siendo una circunstancia peculiar puede ocurrir como bien experimenté de primera mano en el oppidum de Monte Bernorio, donde aparecían materiales en las pequeñas montoneras de tierra tan típicas de su actividad.

    Volviendo al yacimiento, se encuentra ubicado junto a la localidad de Seña, entre los municipios de Limpias y Laredo. Su privilegiada situación, en la margen oriental de la desembocadura del Rio Asón-Gándara, y su morfología cónica hicieron de este alto un punto ideal para un posible asentamiento. Fue descubierto por Fernando Valentín Pablos Martínez en 2004 en el transcurso de una ruta de senderismo. Ya entonces se atisbo el potencial arqueológico de Retorín, sobre manera por la citada concentración de materiales en superficie, por lo que fue comunicado a la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria. Tras la entrega y posterior catalogación de las piezas en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, en Febrero de 2005 se contrasta la noticia por el arqueólogo Pedro Rasines del Río, incluyéndose dos meses más tarde en el INVAC (Inventario Arqueológico de Cantabria) con categorización de asentamiento al aire libre. En 2006, gracias sobre manera a la iniciativa del arqueólogo Jesús Ruiz Cobo, se publica el primer artículo relacionado con el castro de Retorín en la conocida Revista Sautuola número XII, dando esto lugar a pensar en la potencia arqueológica del enclave aún sin haber sido excavado. Desgraciadamente desde entonces poco o nada más se sabe de este increíble y misterioso lugar a nivel científico, del que seguiremos esperando expectantes alguna novedosa noticia.

    Agradecimientos: Pedro Rasines del Río - Jesús Ruiz Cobo
    Bibliografía: Castros y castra en Cantabria. (Edita ACANTO)