
Es curioso como en decenas y decenas de ocasiones no somos conscientes de los lugares que nos rodean. Hace milenios la vida fluía por parajes que hoy jamás imaginaríamos. Lo que hoy es un paseo paisajísticamente increíble, se puede convertir en historia viva de nuestro pasado en cualquier momento. Pero por desgracia las piedras, que dibujan vagamente alguna estructura, son testigos mudos de un pasado que nos hace enorgullecernos, pero del que a la vez no sabemos más que lo que se nos ha proyectado en estos últimos 75 años. Y creedme, el castro de Orzales (en la península de la Lastra) es uno de esos lugares de innegable belleza natural que por desgracia no es conocido por el gran público. Igual de curioso es que este (y otros tantos) fuese descubierto por un investigador cuya obra es admirada por todos y es GUIA FUNDAMENTAL para que muchos arqueólogos e historiadores de hoy en día puedan seguir desarrollando sus estudios: Miguel Ángel Fraile López. Algunos incluso cuestionando indirectamente (cito textualmente) que una persona SIN "cualificación académica, científica o profesional necesaria" no pueda desempeñar esta labor. Muchísimas veces viajamos a la prehistoria, metafóricamente hablando, del sentido común a la hora de formular este tipo de afirmaciones…una pena.
Volviendo al asentamiento, nos encontramos en pleno corazón del Pantano del Ebro. Concretamente en el interior de la conocida península de La Lastra, en una elevación de unos 926 metros de altitud que domina el primitivo valle ahora bajo las aguas. Dicho "cerro" posee forma de cresta orientada de Este a Oeste y con unas defensas naturales (un corte natural) bastante importantes hacia el Sur y que hacia el Norte poseen una fuerte pendiente. La primera referencia a este castro la realiza el citado Miguel Ángel Fraile en su obra "Catálogo de castros cántabros. Santander" en el año 2004, sin llegar a determinarse la fecha de su descubrimiento. Años después sería incorporado al Inventario Arqueológico de Cantabria – INVAC por el arqueólogo José Ángel Hierro Gárate, dotando así al castro de Orzales de la protección "institucional" (que no física) que esta catalogación proporciona.
No cabe duda de que estamos ante un enclave por descubrir, si bien es cierto que es un asentamiento que como veremos a continuación parece estar bastante erosionado. Esta circunstancia dota de más valor a su descubridor, que sin ningún tipo herramientas contemporáneas (vistas satélite y demás que todos utilizamos) tuvo el buen ojo de acertar con su hallazgo.
En el castro de Orzales existen diferentes estructuras defensivas sobre las cuales no ha habido aún certeza de que pertenezcan al mismo momento constructivo ni al mismo conjunto en si, aunque todo apunta a que la “unión” de todas ellas conforman el recinto (muy erosionado) del que os pasamos a hablar. Ocupa una planta semi-ovalada en un terreno bastante regular, perfectamente habitable. Diferentes fuentes consultadas afirman que su extensión podría ir desde los 6.000 m2 hasta la hectárea (10.000 m2). En el sector Norte, el más accesible, se aprecian vestigios de fortificación que conforman parte de ese “semi-ovalo”. La base del muro conservado, muy arrasado, posee una anchura de entre 80 y 110 cm. En el extremo Noroeste del recinto se observa una abrupta interrupción en el trazado fortificado (antes de llegar al afloramiento rocoso o “cresta”) de cerca de 1 metro, lo que se ha interpretado como un posible acceso. Del mismo modo, el citado quiebro en la parte central del sector Norte también se ha interpretado como un posible acceso en esviaje, pero sin ninguna certeza al respecto.
En la parte Sur del recinto, gran parte de las defensas son naturales si bien es cierto que existen dos estructuras en un aterrazamiento parcialmente artificial (una de unos 15 metros al Oeste y otra de unos 90 metros al Este) que parecen regularizar el espacio interno.
Fraile aporta en su publicación el dibujo de cuatro cerámicas (ver imagen) sin aportar más datos al respecto sobre más materiales u otros hallazgos. El conjunto de las mismas, la tipología de las estructuras y la morfología del cerro apuntan indudablemente de que estamos ante un yacimiento. La pregunta es clara, ¿Cuál es su cronología exacta? ¿Sería muy atrevido adscribirlo a la Edad del Hierro?. Todo apunta a que no, pero haría falta un estudio más exhaustivo sobre el terreno para poder confirmarlo.
Todos podemos disfrutar del castro de Orzales, ya que aún sin ser un yacimiento visitable (refiriéndonos a un arqueo-sitio como tal) podemos recorrerlo a píe. Desde Regio Cantabrorum te pedimos que respetes el yacimiento y su entorno, ya que es deber de todos mantener viva la historia de Cantabria.
El castro del Alto de La Garma (Omoño, Ribamontan al Monte) es un yacimiento único en Cantabria por diversos motivos. En primer lugar, es uno de los mejores ejemplos para conocer la progresión en el inicio de la construcción de poblados fortificados en el centro de la región Cantábrica. Sus orígenes se remontan en torno a los siglos VII-VI a.C, de ahí que hablemos de algo muy especial. Por otro lado, es de los pocos castros costeros que presentan características similares a los lugares fortificados de la I Edad del Hierro situados más al Sur (Campoo, Palencia y Burgos y León): Buen dominio visual, situación en altura, empleo preferente del barro y probablemente madera como materiales de construcción tanto en vivienda como en la fortificación, etc. Otro de los motivos por los que el Alto de La Garma es icónico dentro de nuestra región es por alguno de los hallazgos encontrados en su interior. Muchos pensarán que los castros prerromanos solo son importantes si se encuentra gran cantidad de materiales metálicos, grandes fragmentos de cerámica, adornos, joyas..pues en este caso lo más sencillo es de lo más importante: Se localizó (luego entraremos más en detalle) una pequeña concentración de semillas y gran cantidad de restos óseos de mamíferos, lo que denota que la tendencia a pensar (mitificada por las fuentes clásicas) que los cántabros eran unos bárbaros o que no cultivaban/comerciaban queda cada vez más alejada. Por último, y no menos importante, se encuentra en el entorno de la Cueva de La Garma, uno de los iconos del Paleolítico de la cordillera Cantábrica.
Ya en la década de los setenta fue visitado por Arturo Arrendo, quien lo calificó como castro cántabro y lo denominó "Pico Garma". De todos modos esta referencia nunca fue muy popular, pasando desapercibida durante muchos años. Habría que esperar hasta el año 1996 cuando Emilio Muñoz y la empresa GAEM, dentro de un marco de prospecciones intensivas en el monte de La Garma, reconocieron el lugar. Constataron la existencia de fortificaciones y localizaron algunos materiales cerámicos, signos inequívocos para su identificación. Al poco tiempo, ese mismo año, la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte compra las fincas de interés arqueológico, frenando así el avance forestal que ya había invadido gran parte del yacimiento en el momento de su descubrimiento (en la imagen de abajo se pueden apreciar los eucaliptos justo al lado de las excavaciones). Desde el año 1998 es Bien de Interés Cultural como integrante de la Zona Arqueológica de La Garma. En la actualidad no existe memoria definitiva sobre las actuaciones arqueológicas allí realizadas, aunque bien es cierto que existen relevantes artículos monográficos (Pereda 1999) y algunos trabajos generales en prensa que (Arias et al., 1999, 2000, 2003, en prensa; Arias y Ontañón 2008) merecen especial atención.
El castro de Los Cantones (Cahecho, Peñasagra) es uno de los iconos prerromanos de la comarca de Liébana. Durante décadas, su imponente tamaño, su ubicación y la potencia de sus estructuras han llevado a los investigadores a formular diferentes hipótesis sobre su importancia y contexto en la antigua Cantabria. Una de las más llamativas la formuló en el año 1982 el filólogo Eutimio Martino, quien apoyándose en la toponimia de la cercana localidad de Cambarco relacionó el enclave con la antigua civitas de Kamarika citada por el geógrafo Claudio Ptolomeo. A este respecto debemos destacar que, independientemente de la validez o no de la propuesta, a ojos de arqueólogos e investigadores resultó poco convincente.
Volviendo a la fortificación, se asienta sobre una pequeña loma que separa los pueblos de Luriezo y Cahecho, circunstancia por la cual también se suele asociar a nivel toponímico como castro de una localidad u otra. Uno de los nombres más extendidos es el que tomamos como "principal" en esta publicación (Los Cantones) y está relacionado con los afloramientos rocosos redondeados de la cima, los cuales han sido utilizados durante siglos como materia prima para la construcción de cierres en las fincas colindantes. La primera cita aludiendo a la importancia arqueológica del mismo la realiza como hemos visto Eutimio Martino, si bien es cierto que el primero en hacer referencia a Los Cantones como castro de la Edad del Hierro es Ramón Bohigas (Bohigas Roldán, 1986-87). A modo de apunte, reseñar que se incluye en el INVAC (Inventario Arqueológico de Cantabria) hace apenas dos años.
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