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Derrumbamiento en la Peña del Castro (La Ercina - León). Fuente: https://www.facebook.com/arqueoercina

El recinto prerromano de Peña del Castro (La Ercina, León) fue uno de los bastiones vadinienses de la antigua “Regio Cantabrorum”. Se encuentra en la parte más occidental de la antigua Cantabria y en la actualidad las actuaciones arqueológicas allí realizadas han hecho que este yacimiento haya vuelto a la primera línea de las noticias culturales y arqueológicas.

El castro como tal presenta dos cinturones de muralla bien definidos y a la vista como se puede apreciar en la imagen principal. Entre dichas murallas existen tres espacios claramente separados. El primero de ellos, en la parte inferior del castro, tiene una extensión de 1,22 hectáreas aproximadamente, pudiéndose observar un gran derrumbe hacia el oeste. Desgraciadamente se pueden observar también en este espacio grandes huecos realizados por expoliadores ocasionales..una auténtica pena. Es en este sector donde se puede apreciar indicios de reutilización en época Alto Medieval, exactamente igual que en otros castros situados en el entorno del Macizo de Peñacorada. En el segundo de los recintos, situado a unos 50 metros por encima del primero, tiene unos 4.500 metros cuadrados aproximadamente. Por último, justo a continuación de este recinto, se encuentra el tercero y último. Ocupa una extensión aproximada de 6.085 metros cuadrados y al ser la parte más alta del castro hace las labores de acrópolis.

Las murallas que lo protegen por la vertiente “más débil” tienen un grosor que oscila entre los 2,30 y los 2,70, siendo estas estructuras similares a las que se puede observar cualquiera de las estructuras defensivas observadas en el área cántabra de la Montaña Oriental. En el lado Norte y Sur del castro no fue necesaria la construcción de grandes muros, ya que las grandes estructuras calizas (farallones) existentes actual de protección natural. No se observan restos de fosos, a no ser que hayan sido colmatados por el derrumbe de la enorme muralla. Eso sí, esta última aparece completamente arrasada (“Castrum Tamen captum deruit est”).

Por último, cabe destacar que existe un camino próximo al castro con un paso en peña que llama verdaderamente la atención denominado como paso de “La Gobia”. Posiblemente este corte y otro que existe en las cercanías en dirección a la Devesa, son los que dieron el nombre a la Acisa, término que toponímicamente hablando es bastante común en otros lugares del imperio romano: castra intercisa, intorcisa que deriva del verbo latino "intercido" separar por corte.

 

Componentes del proyecto arqueológico de ArqueoErcina. Fuente: https://www.facebook.com/arqueoercina

Cabe la pena destacar este proyecto de intervención arqueológica en la Peña del Castro. Co-dirigido por los arqueoólogos Víctor Bejega García,Eduardo González Gómez de Agüero, Emilio Campomanes Alvaredo y Fernando Muñoz Villarejo, “ArqueoErcina” tiene como objetivo principal sacar a la luz las maravillas albergadas bajo miles de años de historia de un modo diferente. Evidentemente con la seriedad de un proyecto ambicioso y del cual se han obtenido grandes resultados arqueológicos. Pero también desde un punto de vista diferente, haciendo participes de la historia a todo aquel que lo desee. Durante el 2013 el yacimiento acogió labores de excavación y recuperación llevadas a cabo por un equipo de 6 personas. En este sentido cabe destacar el compromiso municipal quien aportó más del 11% por ciento de su presupuesto (cerca de 40.000€) para revalorizar este maravilloso enclave. Entre los planes que se contemplan tras las labores meramente arqueológicas se pretende convertir yacimiento en un centro de atracción para los escolares y un atractivo turístico para todo tipo de público, de modo que podamos disfrutar de un espacio didáctico y cultural.

Un claro ejemplo de esta labor didáctica y cultural se llevó a cabo a finales del verano de 2013, se pudo contemplar una recreación histórica en la Peña del Castro gracias al grupo "Batalla de Asturica" de la Asociación de Astures y Romanos de Astorga.

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Interior de una cabaña prerromana. Fuente: https://www.facebook.com/arqueoercina Los vadinienses fueron la tribu cántabra más occidental del antiguo territorio cántabro (hoy Asturias y León). Este grupo poseía una jerarquía social muy estructurada, regida como no por un jefe, apoyado en gran parte por consejos de ancianos. Existía además un estamento menor, el clan, formado por diversas familias con antepasados comunes. En el caso de los astures y cántabros eran 4 los clanes: Arcaedunos, Aroniaecinos, Cantianos y Corovescos. Vivían, como no, en castros y su capital era Vadinia. Debemos de saber que las tribus astur-cántabras en su mayoría eran dominadas/regidas por línea materna. Así la gentilidad se formaba por línea femenina y las mujeres casaban a sus hijos, además de ser las hijas herederas. Además eran las vadinienses las encargadas de transmitir los derechos de la propiedad. Cambiando de tercio, todos ellos visten, como norma general, de negro con túnicas con las que también se acuestan sobre las camas de paja. Los hombres vestían túnica atada con un cinturón, completando el atuendo con una especie de sombrero o gorra y abarcas de cuero. Por otro lado ellas llevaban enaguas y vestidos con bellos bordados de flores. Se cree que tanto hombres como mujeres dejan sus cabellos largos y sueltos según la costumbre femenina, aunque en el caso de los guerreros era distinto, ya que se ponían una banda en la frente para su comodidad. Como buen guerrillero, el armamento del vadiniense estaba compuesto de armas ligeras: dardos, puñales, lanzas. Un dato que pudo llevar a error al escritor Adolf Shulten fue la posible utilización de los vadinienses de la falcata. Este arma de origen ibero consta de una hoja curvada de alrededor de 45 cm. Para defenderse poseían escudos cóncavos hechos principalmente de cuero, con una parte central de madera donde se colocaba un umbo metálico. ¿Por qué?, muy sencillo: para proteger la mano en el caso de que algún arma o proyectil enemigo atravesase el escudo.

   

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  • LA PUNTA DEL CASTIELLO DE PODES

    Como todos sabemos, una de las grandes maravillas de la costa cantábrica reside en su quebrado litoral: Grandes plataformas, increíbles espigones y abruptos acantilados modelados por la fuerza del mar. A diferencia de lo que se pueda pensar, muchos de estos enclaves costeros eran el lugar idóneo para el hábitat, ya el bravío Cantábrico ha sido, es y será fuente inagotable de alimento. Esto, unido a las defensas naturales que muchas de las citadas plataformas proporcionaban, convirtieron a la costa de Asturias y Cantabria en un floreciente espacio de hábitat entre Prehistoria y la Edad del Hierro. En nuestra región, tenemos claros ejemplos de castros o poblados costeros en el Castillo de Prellezo (Val de San Vicente), en el malogrado recinto defensivo de Cotolino-Arcisero o en el parking de playa / yacimiento de Punta Pilota, ambos en el municipio de Castro Urdiales.

    En el caso concreto de Asturias, la monumentalidad de este tipo de enclaves siempre ha sido mayor que la de Cantabria, observándose aún en nuestros días los restos estructurales en la mayor parte de ellos. Pero en el caso que nos ocupa, acudimos atónitos a uno de los grandes problemas de conservación de este tipo de yacimientos: Los procesos de erosión natural. Esto unido a la desidia institucional, nos lleva a un escenario de destrucción y perdida con demasiados precedentes en cualquiera de las citadas regiones. En Cantabria por ejemplo tenemos claros ejemplos de este tipo de procesos erosivos: Uno de los mayores y más importantes yacimientos del Paleolítico Superior en la cornisa Cantábrica, la cueva de Covalejos, sufre procesos de escorrentía natural incrementados por el desplazamiento de tierras (y materiales prehistóricos) que las cabras que la habitan precipitan hacia un sumidero de kilómetros de profundidad. Más hacia la costa, concretamente en la zona de Rostrio – Santander - nos encontramos nuevamente con la exposición de materiales e industria lítica (en cantidades ingentes) ante la fuerza de las mareas y el mar Cantábrico, que arrastran hacia sus profundidades todo lo que encuentra a su paso.

    Esta introducción sobre los procesos de erosión natural, inevitables todo sea dicho, nos ayuda a comprender el grave problema en uno de los castros costeros más maravillosos de nuestro litoral: La Punta del Castiello de Podes (Gozón, Asturias). Este enclave, conocido en los últimos meses por los tira y afloja con la administración, no se libra desgraciadamente de la irrecuperable perdida de materiales arqueológicos en el fondo del mar. Lo más preocupante de todo es que, independientemente de la gravedad del problema, las instituciones hacen oídos sordos a los diferentes llamamientos al respecto. En Septiembre de 2015, el arqueólogo Alfonso Fanjul presentó ante la Consejería de Cultura del Principado un proyecto de prospección del castro cuyo objetivo era evaluar los restos existentes antes de que la erosión del mar pudiera arrastrarlos sin vuelta atrás. En este mismo yacimiento, los precedentes no eran halagüeños, ya que elementos de gran interés arqueológico como un conchero de la Edad del Hierro (con restos cerámicos) habían desaparecido por la fuerza del Cantábrico. Resultado del expediente: Denegado. Fue rechazado argumentado "otras prioridades en la protección del yacimiento" o que "no existía tal emergencia". Una auténtica pena atendiendo a los resultados que podrían obtenerse en un enclave de tal potencial arqueológico.

    Bibliografía: ALVAREZ PEÑA, A. (2002): "El castru de `La Punta ´ L Castiello´, Podes (Gozón)”. Asturies, 13, Oviedo: 20-25.
    CAMINO MAYOR, J. (1995): "Los castros marítimos en Asturias."
    FANJUL PERAZA, A. (2005): "Los castros de Asturias. Una revisión territorial y funcional." Oviedo.
    Agradecimientos: Alfonso Fanjul Peraza.